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Sociedad · Reflexión

Quién habla en nombre de las generaciones futuras

Sobre las personas que aún no pueden participar en las decisiones de hoy y nuestra responsabilidad hacia ellas.

Cuando tomamos una decisión importante, suele haber cerca personas que pueden expresarse. Hablar de sus necesidades, plantear objeciones o proponer otro camino.

Pero algunas de las personas que forman parte de esta conversación aún no han nacido.

No pueden asistir a una reunión, hacer una pregunta ni pedir que se conserve un bosque. Y, sin embargo, nuestras decisiones de hoy ya están cambiando las condiciones de su vida futura.

¿Cómo será el aire que respiren? ¿Podrán ver los animales que nosotros vimos en la infancia? ¿Quedará cerca de sus casas algún lugar donde se pueda escuchar algo más que vehículos?

Estas preguntas nos unen a personas a las que nunca conoceremos.

El futuro empieza allí donde las consecuencias de nuestras decisiones duran más que nuestra propia vida.

Hemos recibido un mundo que otros crearon y cuidaron antes que nosotros. Alguien plantó los árboles bajo los que descansamos. Alguien defendió ese lugar al que ahora acudimos en busca de tranquilidad. Alguien renunció a un beneficio inmediato y, gracias a ello, conservamos algo valioso.

No conocemos a la mayoría de esas personas. Pero su cuidado se ha convertido en parte de nuestra vida.

Ahora nos corresponde afrontar una elección parecida.

Cuidar de las generaciones futuras no es sencillo. No sabemos cuáles serán sus necesidades, sus tecnologías ni su idea de un mundo mejor. No podemos decidir por ellas cómo vivir. Pero sí podemos intentar conservar espacio para que elijan por sí mismas.

Un bosque vivo deja abiertas muchas posibilidades. Allí donde un bosque ha desaparecido, algunas ya se han cerrado. Una especie conservada continúa su historia. Tras su extinción, las personas del futuro ya no podrán cambiar nuestra decisión.

Por eso merecen especial atención las pérdidas que no se pueden reparar.

Esto no significa que debamos detener todo cambio. El desarrollo es necesario para quienes viven hoy. Necesitan vivienda, trabajo, energía y una vida asequible y digna. La responsabilidad hacia el futuro resulta convincente cuando también tiene en cuenta esas necesidades.

La pregunta difícil es esta: ¿cómo mejorar la vida de hoy y conservar las oportunidades de quienes vendrán después?

Podemos empezar por hacer visibles las consecuencias a largo plazo. Al debatir un proyecto, preguntar qué ocurrirá en ese lugar dentro de unas décadas. Considerar varias opciones. Hablar abiertamente de la incertidumbre. Explicar quién recibe los beneficios ahora y quién podría asumir los costos más adelante.

En nuestro proyecto proponemos debatir la creación de un consejo independiente que ayude a tener en cuenta los intereses de las generaciones futuras y la conservación de la naturaleza. Por ahora es una idea que necesita evaluación y desarrollo.

El nombre de un organismo, por sí solo, no garantiza nada. Lo que importa es su independencia, la calidad de sus conocimientos, la transparencia de sus decisiones y la posibilidad de corregir errores. Nadie debe tener el derecho de hablar en nombre del futuro sin rendir cuentas.

Representar los intereses de las generaciones futuras significa dejar espacio en la conversación de hoy para quienes aún no pueden participar en ella.

Esta atención también es posible fuera de las grandes decisiones colectivas. En la familia, la escuela, la ciudad o la empresa. Cada vez que preguntamos «¿qué quedará después de nosotros?», el horizonte de nuestra responsabilidad se amplía un poco.

Quizá las personas del futuro nunca sepan nuestros nombres. Pero un día alguna de ellas se detendrá junto a un río, verá un ave sobre el agua y escuchará el susurro de las hojas.

Y ya hoy puede importarnos que ese encuentro llegue a suceder.